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El NAFTA perjudicó la industria del cine de México que pasó de 122 películas en el 1988 a 7 en 1998.
Etzel Báez El Tratado de Libre Comercio de las Américas –TLC– tiene una cláusula donde las industrias culturales –como el cine– se negocian como parte de la industria de servicios, y no como actividades relacionadas con la producción de cultura o de información, vitales para el funcionamiento democrático de una nación.
En ese sentido, cualquier acto de subsidios o estrategia de protección o estímulo a la industria cinematográfica nacional será ilegal. Para tener una idea de lo que esto significa, el NAFTA perjudicó la industria del cine de México que pasó de 122 peliculas en el 1988 a 7 en 1998. USA se opone a cualquier reserva cultural en el punto “tratamiento nacional”, simplemente porque su industria audiovisual es el principal renglón de exportación, con un 85% de las pantallas de cine del mundo. Canada, que es su socio y baila en todo lo que mande su vecino, nunca pudo lograr más que un 3% de reserva de pantalla (igual a decir reserva de mercado) y aún asi los norteamericanos lo quieren todo pues un tratado entre ambos le da la posibilidad de ejercer represalias.
Por su parte, la Organización Mundial de Comercio –OMC– está pidiendo a todos los países la lista de subsidios. Plantea terminarlos poco a poco. Algo grave para paises con escaso desarrollo como RD. Por eso es que se estan proponiendo ideas como la Convención sobre la Diversidad Cultural.
En cuanto a los acuerdos, la OMC es un tratado y éste se halla por encima de los acuerdos que se tomen. Hay un tratado y dentro de él los acuerdos, de los que hay cinco grupos: Comercio de mercancías, comercio de servicios, Derechos de propiedad intelectual relacionados con el comercio, Solución de diferencias y el de Transparencia de políticas comerciales.
Dentro de cada uno de ellos hay unos órganos de gestión en los que las decisiones se toman tradicionalmente por consenso. Lo que significa que las normas se están elaborando muchísimo tiempo hasta que se llegue a un punto y, a partir de él, se intenta rebajar las posiciones iniciales de cada país; ahí sí se puede decir que los acuerdos se toman por consenso.
Hay otras características: las políticas y las normas de los distintos países son sometidas a vigilancia por parte de los demás, que pueden utilizar un mecanismo, el de Solución de Diferencias que en muchas ocasiones ha obligado a modificar las normas de política comercial de los países.
La OMC lo que se persigue en realidad son objetivos como favorecer el bienestar de las personas, llevar a cabo una serie de cooperaciones entre Estados (que es lo que diferencia nuestra sociedad a la de hace unos años) y, en tercer lugar, y desde todos los órdenes, el establecimiento de reglas estables de forma que las empresas tengan un marco lo más claro, seguro y fidedigno posible.
La OMC no se opone a la existencia de obstáculos al comercio, lo que pretende es que sean conocidos, que se lleven a cabo bajo unas determinadas reglas y presiones, donde no existan discriminaciones para ningún país. OMC, en este sentido, no es igual a libre comercio. Sí se considera, no obstante, que el libre comercio es una mejor situación que su contrario. Eso es lo que hace necesario que cualquier sector productivo de un país tenga que estar especialmente vigilante, porque puede darse la situación de que para solucionar el tema del azúcar se pague, con maquinarias, con aceite o con cine.
Países como Francia han pedido la Excepción Cultural, que además se circunscribe al cine y a los productos audiovisuales y que consiste en pedir un trato discriminatorio a favor de la producción nacional. Francia pretende la Excepción Cultural y a eso se oponen los suecos, los holandeses y los británicos, que también forman parte de la UE.
En lo cultural (no como intercambio de bienes culturales sino como defensa de una forma de actuación, de ser o de pensar) al amparo de ese deseo de defender su identidad nacional, se lucha por mantener una excepción, para que los llamados aspectos culturales no tengan el mismo tratamiento que, por ejemplo, el ron. Cuotas de pantalla
Las cuotas de pantalla son tan viejas como el GATT. Están funcionando desde 1947 y se consideran una excepción. Se pactó entre los países que ganaron la Segunda Guerra Mundial. Se hizo sobre todo por USA, que en aquellos momentos probablemente hubiese arrasado el mercado cinematográfico mundial, y los intereses nacionales.
En el mundo de la cultura, si se ponen las ayudas una debajo de otra -fundamentalmente referidas al cine, porque las otras no cuentan- de todos los países, la cifra final es irrelevante para el comercio. El Boeing, por ejemplo, con las ayudas que recibía del Pentágono, las da mil vueltas por activa y por pasiva. Por eso hay un pleito en estos temas y no hay pleitos en la OMC por ayudas a la cultura.
Es muy difícil que con la cuota de mercado de la producción de Hollywood, que es del 85%, por muchas ayudas que des a la producción europea, se les haga daño. Si de golpe y porrazo, y gracias a una ayuda europea, hay un cierre del mercado para los productos de Hollywood y su cuota cae del 85 al 40, pues lo mismo hay que planteárselo.
Si se quieren tomar medidas proteccionistas para reducir la cuota de pantalla del cine americano, tendría que darse una compensación. Pero eso plantea otro problema, y es que las negociaciones ya no son sectoriales. Conseguir alguna ventaja en un sector como el cinematográfico sería a costa de negociar otra serie de cosas en un sector como el del automóvil, el de la auditoría, la máquina herramienta o el del papel.
Canadá negoció una excepción para sus industrias culturales al estilo de la que Francia y la UE dejaron planteada al finalizar la Ronda Uruguay del GATT y que todavía está en disputa en la OMC. El gobierno mexicano no planteó excepción alguna, aduciendo que su cultura no necesitaba de ninguna protección especial.
La sección sobre industrias culturales del NAFTA enfatiza la protección del copyright y de los derechos de propiedad intelectual en general. Canadá ya tenía un conjunto de leyes de propiedad intelectual comparable a las de USA. México sancionó nuevas leyes sobre propiedad intelectual y cambió la constitución nacional en 1991 preparando su ingreso al Nafta. El objetivo principal de la sección sobre industrias culturales del Nafta es la reducción de la piratería (que en México y en toda la región, es mucha e incalculable), como un modo de incrementar las ganancias corporativas de USA y así incentivar la inversión extranjera. El NAFTA regula el intercambio entre David y Goliat. En 1993 USA exportó cine y programación de TV por $7 mil millones, Canadá exportó por $280 millones y Televisa por $20 millones.
El tratado se erige sobre el principio capitalista de movilidad del capital e inmovilidad de la fuerza de trabajo, combinando mano de obra cada vez más barata y tecnología cada vez más moderna. Esto le ha permitido a los empresarios norteamericanos (y a algunas empresas mexicanas) a explotar mano de obra barata mexicana (muy calificada) y como consecuencia, la pérdida de 700 mil a un millón de puestos de trabajo en USA y la proliferación de maquilladoras en México.
Entre 1963 y 1981, la proporción de mexicanos debajo de la línea de pobreza bajó de 77.5 a 48.5%, pero desde 1982 hasta 1992, bajo las reformas neoliberales, subió al 66%. De 1994 a 2001 el salario medio bajó 22.75%. Ocho millones de familias cayeron de la clase media a la pobreza, mientras las corporaciones de USA y Canadá se quedaban con las industrias mexicanas rentables. Amenaza a la diversidad cultural. Chile se defiende
Parecería una película de ficción lo siguiente: “Si el Congreso de Chile ratifica el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, artistas y empresas culturales de ese país podrán optar a los recursos del Fondart o del Fondo del Libro en las mismas condiciones que cualquier chileno. Así, parte de los escuálidos dineros con que el Estado fomenta las artes y la cultura podrían ser canalizados a proyectos extranjeros, perjudicando la producción nacional. Este absurdo es posible porque el TLC incluye el concepto de “tratamiento nacional” -irreductiblemente defendido por los negociadores del norte- que obliga al país a tener la misma consideración para la actividad propia y la extranjera. Y no es sólo eso: este aspecto del TLC también pone en riesgo la existencia de políticas públicas y de porcentajes de exhibición en TV y en salas de cine de producciones nacionales. El TLC abre la posibilidad a la industria del entretenimiento estadounidense de completar su dominio del mercado (chileno y mundial) en perjuicio de culturas e identidades locales”. “La diversidad cultural es un tema emergente, como lo fue hace algunas décadas la defensa del medio ambiente. Incluso a los propios artistas les ha costado entender que la lucha por la “diversidad cultural” es un terreno donde el país se juega parte de su soberanía. Por eso, la gente del quehacer cultural aprovecha cada oportunidad para exigir que los tratados de libre comercio reconozcan amplia y claramente la excepción o reserva cultural, que equivale a no someter la cultura a las tratativas económicas. Sostiene Robert Pilon, vicepresidente ejecutivo de la Coalición para la Diversidad Cultural de Canadá. ¿Son imparables los TLC?“Los 34 países de América hablan de avance hacia la liberalización. A nosotros nos preocupa que esto se tome como un dogma. Nosotros queremos que la cultura y la educación sean excepciones dentro de los tratados, que no se limite la acción del Estado. Es un tema de presente y futuro” es la defensa de esa Coalición; “es fundamental hacerlo. En el TLC con Estados Unidos se logró que Chile se reservara el derecho a desarrollar políticas públicas en materia cultural. Se incluyó el concepto de ‘nación más favorecida’, que significa que no va contra el TLC un acuerdo con otros países mejor que el logrado con EE.UU. También se incluyó el concepto ‘acceso a mercados’, que permite dar cobertura a la producción nacional”. Con relación a si hay formas de contrarrestar la estrategia que busca exportar el “modo de vida americano”, la coalición dice: “A través del cine se muestra ese modo de vida. Estados Unidos ya tiene un dominio increíble: el 85% de las pantallas del mundo. Qué quieren ahora: desmantelar las políticas públicas que existen en muchos países que salvaguardan el porcentaje restante. Terminar, por ejemplo, con los subsidios. Es imposible en Chile hacer una película sin apoyo público”.
El problema parte desde el punto de vista norteamericano por el hecho de que para ellos la producción artístico-cultural es igual a la producción de zapatos o vinos. Para latinoamérica es diferente, no sólo por la forma en que se fabrican, sino por su incidencia: el zapato es un producto necesario, de utilidad práctica, mientras los productos culturales inciden en la identidad, en la manera de ser y de pensar de un país.
Ignoro si ADOCINE y DINAC han discutido al respecto o tienen alguna opinión, pero lo cierto es que el TLC imposibilita crear sistemas de apoyo a una industria cinematográfica dominicana, de manera que aquella LEY ORGANICA DE INCENTIVO Y ORGANIZACIÓN DE LA INDUSTRIA CINEMATOGRAFICA EN LA REPUBLICA DOMINICANA no saldrá del papel, pues ningún sector de la economía puede tener subsidios, restricciones, aranceles, gravámenes, discriminaciones o cuotas. (ver artículo Ley de Cinematografía de esta columna OBSERVATORIO en Más artículos). ¿Qué hacer?
Países como Francia y Canadá han armado coaliciones culturales y ellos sugieren que cada país haga su coalición (por ejemplo, Coalición dominicana por la diversidad cultural). México y España tienene las suyas. En el fondo estos grupos deben presionar a sus respectivas gobiernos para generar acuerdos que permitan que la mayor cantidad de países presionen a la OMC para que no se incluya el tema cultural en estos tratados de libre comercio. Y en el futuro la idea sería formar un sistema semejante la OMC, pero de carácter cultural. Que sería lo lógico. Cine mexicano, uno de los perdedores con el TLC
Antes del TLC, México tenía un déficit comercial en la balanza de pago cinematográfica de más o menos 15%, aunque existieron años en que la misma resultaba favorable. A partir de la caída de la producción nacional se dejaron de exportar las 60 películas anuales que se exhibían en los estados de EU con fuerte presencia hispano-mexicana, además, se han tenido que importar más cintas estadounidenses y ha aumentado el número de copias para su exhibición, lo que ha incrementado considerablemente el déficit comercial cinematográfico, valga como ejemplo que para 1998 ya existía un déficit de más de 120 millones de dólares y para 2002 el mismo se ahondó y superó 98% de la balanza, ese año se compraron 247 millones de dólares de material audiovisual estadounidense y sólo se le vendió uno.
Mucho se afirmó entre otros cosas que... "el consumidor es el gran ganador del tratado". En materia cinematográfica, ¡no! Aquí el consumidor ha visto reducido el número de opciones para seleccionar la película que quiere ver. No puede elegir libremente entre las más de cuatro mil películas de largometraje que se producen anualmente en el mundo y se tiene que resignar a escoger sólo entre las 260 cintas que se le ofrecen al año, de las cuales 63% son de origen estadounidense. Éstas ocupan semana a semana más de 80% de las dos mil 950 microsalas existentes en el país. A esto agréguenle que los precios de las salas se han incrementado por arriba de los niveles oficiales de inflación por lo que su costo ha marginado de esta diversión a más de 80% de los mexicanos. En los diez años del tratado, el promedio de asistencia anual ha sido de 111 millones, mientras que en la década del 84 al 93 los espectadores superaban los 275 millones, lo que nos da una caída de asistencia superior a 60% y eso que no tomamos en cuenta el crecimiento de la población mexicana, que pasó de 70 a más de 100 millones en el periodo reseñado.
A pesar de la caída de los espectadores, en los tiempos del TLC se han incrementado las ganancias de los exhibidores y distribuidores, todos de gran presencia transnacional, quienes han aumentado sus ingresos de tal forma que México pasa de ocupar el 15 lugar por concepto de exportación de regalías por consumo de películas estadounidenses en la década de los 80 y principios de los 90 al nada honroso quinto lugar obtenido en 2003, situación que se repite una y otra vez en otras industrias nacionales.
Los promotores sostienen que "los graves problemas que vive nuestra economía se deben a que no aprovechamos debidamente lo establecido en el TLC". Y los mexicanos que piensan dicen “¿Qué se podríamos aprovechar? Que metimos en el sector servicios transfronterizos los productos culturales cinematográficos y no realizamos la excepción cultural de nuestro cine, como sí lo hizo Canadá, que reformó la Ley de Cine en 1992 para dejar esta industria cultural al libre juego de las fuerzas del mercado y pudiera entrar sin problemas lo pactado en el TLC. Situación que sólo benefició a las grandes corporaciones. ¿Aprovechar que eliminaron la obligación estatal de garantizar la libertad de expresión cinematográfica mediante diversos apoyos a la cinematografía?, tal y como lo hacían y hacen nuestros socios comerciales. ¿Aprovechar que se redujo la garantía de exhibición de nuestro cine hasta desaparecer? ¿A quién quieren engañar? En lo único que sí acertaron es que el tratado... "se convirtió en un poderoso estímulo a las inversiones en México", esto, en materia de inversión en la construcción de salas cinematográficas. En los últimos diez años se duplicó el número de cines que operaban en 1994, pero estas minisalas que ya superan en número ligeramente a las existentes en la década anterior, no logran ofrecer aún el número de butacas disponibles que existían anteriormente, además su programación se ha dedicado casi en exclusiva al cine estadounidense, relegando al cine mexicano a las peores condiciones. Si en los últimos años esta situación ha mejorado un poco en nuestro beneficio, se debe sobre todo a las presiones ejercidas por parte de la comunidad cinematográfica desde 1996, acciones que han logrado revertir parte de los errores del régimen de Salinas, y si no se ha obtenido más se debe a la pérdida de soberanía política, que ahora supedita las leyes nacionales a lo negociado en el tratado”.
Y citamos: “En conclusión, los grandes beneficiarios del TLC han sido las grandes trasnacionales estadounidenses, los grandes consorcios mexicanos y, claro está, ex funcionarios del sexenio salinista que obtuvieron trabajo en los corporativos de las empresas beneficiadas por ellos. En relación con el campo cinematográfico, quien se desempeñaba como director del Imcine, Ignacio Durán Loera, se integró casi de inmediato a TV Azteca, la empresa que compró el paquete de medios. Por su parte, el doctor Serra Puche ha obtenido ingresos como abogado defensor de los intereses de las transnacionales de cine estadounidense al convertirse en su cabildeador de alto nivel, junto con la ahora senadora Silvia Hernández, logrando entorpecer el proyecto original de la ley de cine que promovió la comunidad cinematográfica en 1997. Sus influencias, amistades y conocimientos lograron que el nuevo ordenamiento saliera acotado en perjuicio del cine mexicano. Su mano también se vió cuando a través del despacho SAI Derecho y Economía defendió a las transnacionales UIP, Columbia Pictures, Warner Bros y Fox Films de México en contra del juicio entablado por prácticas monopólicas que promovieron los pequeños y medianos exhibidores de cine ante la Comisión Federal de Competencia. Resultado que tardó más de tres años en emitirse cuando alguna de las querellantes ya habían quebrado y cerrado, hecho preocupante pues la ley indicaba que tendría que dictaminarse en el término de seis meses. ¿Habrá influido el hecho de que el doctor Serra nombró al responsable de la CFC?” ¿Y sobre RD, el cine y el TLC con USA? ¿Cómo será ese impacto?
Vamos a reflexionar sobre lo escrito arriba y abordar de nuevo el tema en el próximo artículo.
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